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- Argentina 
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CUENTO
  alvarez castillo
Paco


Dormir con una mujer es vivir el peligro de que se alce en el silencio y que nos encuentre indefensos y aletargados ante esas frágiles manos. Peor es abandonarse al sueño sin que ella haya llegado al lecho, algo común para los hombres que se adueñan de muchas y raramente duermen solos. Pocos deben darse cuenta de lo inermes que están semidesnudos y rendidos ante aquélla que tantas injurias y malos recuerdos atesora. En un instante puede decidir lo más avieso y el cuchillo de la última cena penetrar el cuerpo caliente e inmóvil, o un golpe fuerte y sordo estrellarse contra la cabeza desvanecida a un lado de la almohada. Una cuerda que se cierra, la garganta de un ahorcado, la entrega a un adversario anónimo, nacen de un simple arrebato. También es concebible atravesar con una flecha el rojo corazón tantas veces amado y dicho con sensual delicia. Pero una flecha lanzada desde cerca es una señal demasiado fugaz, se necesita mayor distancia para apreciar la belleza en su curso raudo y homicida. Formas distintas, tan eficaces y breves, algunas gracias a un solo pero intenso dolor, y luego la mirada fija e impotente, y el golpeteo acelerado y final antes del largo viaje. Sin pensar siquiera en un disparo, vestigio horrendo y vulgar.
Paco, sin duda existen muchas imágenes de venganza femenina, de discreta revancha contra el tirano dominio de tus fuertes brazos. Llenar tu boca con las hojas de un árbol que te fue consagrado, dejar que en el sueño se introduzca un salvaje jabalí y que la bestia destroce tu bello cuerpo. Pero no, Paco, tú sabes que eso no se puede hacer y que tus manos no son tan diestras como las de Atis, que dejó la vida con un gesto casi viril. No, Paco, no... Emascular tu sangre tal vez sea un poco más doloroso; pero, no vas a morir y el resto sólo te será más difícil.

Almagro, diciembre de 1991

 

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