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- Argentina
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héctor álvarez
castillo INTRODUCCIÓN La hechura de El faro fue de todas mis producciones la más extraña, la que más esperé y que hoy más valoro. A dos años de distancia recuerdo que era madrugada, estaba recostado y triste, con cierta rabia, abstraído, quizás melancólico. En mi mente iban y venían imágenes sin hilación, faltaba algo que sirviera de tejido, de esqueleto, algo que diera forma a ese caos que para un poeta siempre es valioso. Sabía que anhelaba decir muchas cosas. Desde mucho tiempo me reprochaba que mis creencias, juicios, todo lo que en ideas conformaban mi personalidad, lo que en palabras estaba más cerca de mi sangre, de mis huesos y de mi carne, todo lo que amaba, lo que había sido y perdido, en suma, todo eso por lo cual podía afirmar mi existencia, no había sido dicho, sólo había sido vislumbrado de una forma vaga. Ya era hora, necesitaba romper al mundo con todas mi certezas, aciertos y errores, bajo el misterioso signo de las palabras. Ese signo que antiguamente había elegido y al cual consagré mis mejores esfuerzos. Y esa noche se insinuaba especialmente propicia. Los primeros versos comenzaron a llegar, era empezar a reconocer la entonación de lo que luego sería El faro. Una entonación nueva que traía consigo el sabor de otros poemas, pero ataviada de una presencia muy fuerte. En esos instantes es cuando se toma conciencia que hay que levantarse y no perder la oportunidad, más cuando se sabe que las palabras nos seducen hasta hacernos creer que las manejamos y en verdad son ellas las dueñas de la situación, están en nuestro pensamiento hasta que lo desean y luego se esfuman. Hay que aprisionarlas con papel y tinta, sino: ¡Adiós con ellas! Y la primera cárcel que apareció fue: El Ave. Pensaba en Poe. Y fui escribiendo: Desde esas alturas sólo podíamos
divisar Al finalizar el poema prejuzgué que podía
volver a intentar el sueño. Ni yo avizoraba todo lo que había
provocado en mi interior. Eran las primeras irrupciones de un volcán
que no se acallaría hasta la noche del 8 de octubre. Me acostaba
y al rato regresaba la misma sensación, el mismo temor de perder
algo valioso. Había que levantarse, tomar el papel y escribir.
Una y otra vez, por dos intensas madrugadas, repetí, a semejanza
de un actor con su monólogo, la misma escena. Los primeros nueve
poemas del libro fueron escritos entre el 27 y el 28 de septiembre, del
último sólo quedó bosquejado lo principal, era la
culminación de El faro: El Dolor, aquel poema que era la mayor
apuesta, la más íntima, la que iba a dejar la huella final,
la impresión que se graba tal vez con más fuerza. Esta edición y versión de El faro va acompañada de una breve selección de dos libros anteriores. Esos ocho poemas ya éditos darán una mejor posibilidad de conocimiento y de comprensión de todo lo dicho hasta aquí, así como el noveno, la nombrada Elegía, que cumple igual propósito. Para completar esta Introducción me voy a permitir citar un largo párrafo de El oficio de poeta, que da luz sobre puntos no tocados por mí. Hago la salvedad que ante largas citas habitualmente prefiero la paráfrasis que uno mismo puede tejer a partir del significado y los detalles que nos seducen de un texto. Pero, en esta oportunidad, entiendo que cualquier nueva expresión que pueda dar a lo que viene, es inferior, por lo cual elegí -con todos los riesgos que ello supone- estas entrañables palabras que tanto envidio y amo: "La composición de este libro ha durado
tres años. Héctor Alvarez Castillo (1) Página inicial de: "El oficio de poeta", a propósito de Trabajar cansa. Cesare Pavese. * * *
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